Nery Persichini | La simbiótica relación entre la inflación y el dólar
8
post-template-default,single,single-post,postid-8,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-theme-ver-16.8,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.5.2,vc_responsive

La simbiótica relación entre la inflación y el dólar

Los argentinos estamos acostumbrados a convivir con la inflación. Fuimos marcados a fuego por la historia de los años 70 y 80. Más acá en el tiempo, el firme y elevado aumento de precios volvió a poner el dedo en la llaga reavivando viejos y conocidos hábitos de inversión.

Los años recientes tuvieron un sesgo inflacionario muy grande. En primera instancia, la tasa de inflación empezó a mostrar signos de aceleración cuando aún existía ese fenómeno atípico en economía llamado “superávits gemelos”. El excedente de dólares que traía la balanza de pagos era comprado por el Banco Central, que emitía pesos en contrapartida.

A partir de 2007 la inflación comienza a tener otra génesis. Si bien el vehículo era el mismo (emisión de pesos), el origen empezó a relacionarse más con las finanzas públicas que con el sector externo. En concreto, el Estado empezó a incurrir en déficits que sólo era posible cubrir con el aporte de la ANSES y la asistencia monetaria del Banco Central.

Esta emisión sin respaldo condujo a que la base monetaria (cantidad de billetes y monedas en circulación más encajes bancarios) se quintuplicara desde 2006. El nivel de precios siguió la misma tendencia: se multiplicó 5,4 veces o, lo que es lo mismo, creció 440% en el mismo lapso.

Una de las consecuencias más perjudiciales de la inflación es que cuestiona al dinero como institución.

El dinero tiene tres funciones básicas. La primera de ellas es que debe servir como medio de cambio en las transacciones económicas. Según la segunda, sirve como unidad de cuenta, es decir, debe permitir expresar los valores de los bienes y servicios como precios. Por último, el dinero debe funcionar como reserva de valor, o lo que es lo mismo, debe ser acumulable en el tiempo a fin de realizar pagos futuros. Esta última función está íntimamente relacionada con el ahorro.}

La persistencia de la inflación ataca concretamente la función de reserva de valor. Una moneda sometida a la inflación (como el peso) no permite comprar en el futuro la misma cantidad de bienes que puede comprar hoy. Si la moneda no puede mantener el poder de compra, pueden darse dos situaciones: que quienes tengan billetes en el bolsillo tengan más incentivos a consumir hoy porque el ahorro no sirve como medio para poder consumir más en el futuro, o bien, que quieran ahorrar pero en otra moneda.

Cuando esto ocurre, la opción de ahorro por excelencia es el numerario del mundo: el dólar.

La tendencia a la dolarización de los argentinos ha sido y es uno de los mecanismos de defensa y de cobertura más elegido, si no el favorito de los que pueden ahorrar. Y los números avalan esta teoría.

Argentina es el país con mayor cantidad de billetes de dólares en circulación per cápita del mundo, detrás de Estados Unidos. La Fed (Reserva Federal de EE.UU.) calculaba que había US$ 1.300 por habitante en 2006. Con la fuga de capitales que hubo en los últimos 8 años, es muy probable que ese dato ese número sea todavía mayor.

Se estima que los ciudadanos argentinos tienen cerca de US$ 200.000 millones fuera del sistema, es decir, en el “colchón”, cajas de seguridad y cuentas bancarias en el exterior.

Para tomar dimensión de esta cifra, la podemos contrastar con el valor de una de las empresas más reconocidas del mundo, como lo es Coca Cola. Con los ahorros dolarizados de los argentinos, podríamos conocer la “fórmula mágica” comprando toda la compañía, cuya capitalización bursátil es cercana a US$ 180.000 millones. Y con lo que sobra, podríamos engrosar un 75% de las reservas actuales del Banco Central o pagarle a los fondos buitre y a los bonistas del canje que hicieran uso de la cláusula RUFO.
En economía se dice que entornos macroeconómicos inestables pueden generar conductas microeconómicas adaptativas. El caso de Argentina es un ejemplo en todos los manuales porque enseña cómo la distorsión prolongada del nivel de precios provoca conductas individuales de cobertura que, a largo plazo, terminan afectando variables clave como el ahorro, la inversión, el PBI y la capacidad de generación de riqueza del país.
Y este fenómeno perduró durante tanto tiempo que la cultura y la idiosincrasia argentina lo adoptó como un hecho “normal”. El dólar para los argentinos pasó de ser un medio a ser un fin en sí mismo.
Ante este cuadro de situación, las medidas restrictivas de corto plazo encaradas por el Gobierno, desde la imposición del cepo cambiario en noviembre de 2011 hasta el más reciente control sobre las operaciones bursátiles que permiten dolarizarse (contado con liquidación y dólar Bolsa), atacan efectos pero no las causas. Son parches provisorios y efímeros.
La preferencia por la dolarización es una cuestión de fondo que demanda cambios estructurales en la política económica. Desconocer el diagnóstico conlleva a tomar decisiones equivocadas. Las medidas que se encaren sin entender que la inflación es el principal problema tendrán el mismo efecto que tienen las aspirinas frente a una neumonía.

Tags:
,
No Comments

Post A Comment